Una cruz sobre mis hombros,
una estera de sangre tras mis andares,
cientos de ojos claman con asombro,
y una mujer… solloza entre pesares.
-No lloréis, madre.
No lloréis, madre querida,
porque vuestras lágrimas me escuecen
más que el dolor de mis heridas.
-No lloréis, madre.
No sufráis al ver la cruz que llevo encima,
porque en la cima de ese monte
me reuniré con el padre
y expiaré los pecados de todo hombre.
Condenado ante mis ojos,
¿cómo apaciguar mi llanto
si observo con espanto
la ingratitud de un
pueblo
al que estáis libertando?
¡No sufráis, hijo, ante
mi quebranto!
¡Apartad vuestra mirada
compasiva!
Si es amor lo que nos da
la vida…
¡Decidme… Hijo mío!
¿Por qué el amor duele
tanto?
Mis pasos son vagarosos,
las espinas se clavan hasta mi inconsciencia,
pero ahí está mi madre, la más bella flor…
que me observa con clemencia
con ojos rebosantes de amor.
-¡Oh, madre buena y querida!
¡Mujer entre las mujeres!
¡Sarmiento que me dio la vida!
No sufráis por mi condena,
pues no siento pena,
sino compasión por este mundo.
¿Acaso no es ese dolor… el amor más profundo?
-No me miréis con pesares…
Erguid los ojos, majestuosa,
pues la sangre que dejo tras mis andares,
son pétalos de rosas
para que vos, mujer hermosa,
caminéis por una alfombra de flores.
Alfombra tejida en la
virtud y obediencia,
hila vuestra sangre
divina
el tapiz que mi vida
sustenta.
¡Heraldo de la esperanza
mía!
Misterio nacido en mi
vientre,
mi amorosa simiente,
os escoltan mis ojos
vidriosos
reverenciando la estela
purpurina
que deja el avance
fervoroso
que a vuestros pies
encamina.
De camino al monte Calvario,
tres veces me he caído
y tres veces me he levantado,
para buscar como un exacerbado
esos soles que relumbran
en el rostro de la mujer que va a mi lado.
Lento es mi andar más seguro,
pues la fuerza que me guía
no proviene de mis pies ya cansados;
son vuestras constantes caídas.
¡Cómo quisiera poder levantaros
y sanar a besos vuestras heridas!
¡Madre! ¡Pedestal ante el que me inclino!
¡Imagen que rezuma en mis mientes!
Lo primero que haré cuando a los cielos entre
será darle gracias al Padre
por haberme escogido para nacer en vuestro vientre.
Cuando lleguéis a las puertas del cielo,
amado hijo, os ruego
pidáis a Dios
que otorgue a mi corazón consuelo
y a mi rebeldía perdón,
pues no hallo en mi pecho
compasión
hacia un pueblo tan
traicionero.
No hay espinas, no hay dolores,
no hay quejidos ni temores…
Si estáis a mi lado, todo es alegría,
hasta vuestro llanto parece melodía,
que me da aliento para afrontar el clímax de mi agonía.
No hallo
aliento, razones ni clemencia
ante una
pasión tan desmedida,
mas si es
vuestra voluntad que así se escriba,
frente a un
mundo que condena la inocencia…
¡Tan sólo…
acompañaros me resta!
¡Soldado! ¡Soldado!
¡Golpeadme hasta el hartazgo!
¡Hasta partirme el espinazo!
Pero os suplico que avancéis más despacio,
para que mi madre, mi pobre madre,
no tenga que correr tras mis pasos.
Dejad que avancen prestos
en su camino,
que si he de acelerar el
paso, lo acelero.
Si no han de tener
clemencia, antes quiero
que se cumpla sin demora
lo requerido
y sean mis ojos
conmovidos testigos
de vuestra alma
conquistando el cielo.
Mi fin ya ha llegado,
clavos tengo en mis pies y mis manos,
¡Pero perdónalos, Padre Amado!
¡Perdona su burla y escarnio!
Porque mi amor es tan grande
que siempre habrá un perdón para cualquier pecado.
-¡Y a ti, madre!
Aunque mis párpados se cierren,
no dejéis de mirarme
pues vuestros ojos me acunan
mientras me elevo a los celajes celestiales.
Asciende el alma en divina templanza,
mientras que yo… madre
doliente,
libero las espinas de
vuestra frente;
espinas que mi corazón
ensartan
mas sabiendo que el dolor
ya no os alcanza…
asida a vuestro cuerpo
encarnecido
os miro… y la propia vida
despido.
¡Madre!
Ahora que he muerto,
siento el alma más viva que nunca…
y aunque no podáis oírme
¡Gritaré hasta la hartura…
que lo más grande es una madre…
y como vos… no hay ninguna!
Gritad, que el universo se estremezca,
que aquéllos que os
clavaron sus lanzas
sientan temblar ahora sus
suelas…
Gritad con todas vuestras
fuerzas
que no ha sido abatido el
hijo de Dios
y entre nosotros aún
palpita su fortaleza.
El padre ha perdonado.
ha escuchado mis ruegos…
y que sepáis que aquí hay un hijo
que reza por vuestro consuelo
y aguarda con los brazos abiertos
el momento en que ocupéis el mejor sitio en los cielos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.