(Dueto Antonio García Pereyra y María del Carmen Tenllado Yuste)
—Un
barco es mi compañero,
mi
olor es de marisco y sal,
y
a una madre me encomiendo
cuando
me aventuro en las aguas del mar.
¡Señora!
Madre
de mi consuelo,
Capitana
de mi vida…
Y
Virgen del Carmelo,
apacienta
estas olas,
y
lánzame un beso desde el cielo.
—A ti,
hijo mío,
que me
invocas cada mañana
con tus
rezos salinos, nacidos del alma…
¡Nada
Temas!
¡Navega en
calma!
Que mi
regazo sustenta
cada una
de tus plegarias,
pues es la
mar mi otro cielo
donde Dios
dispuso mi barca
para guiar
tu sendero
en la
rebeldía de las aguas.
—Ay, madre
buena y querida,
¡Excelsa
Virgen de aquel monte!
Te busco
con mirada perdida…
mientras
navego en el horizonte.
Sea tu
barca mi barca,
sea tu
cielo también mi mar,
sea tu
mar… mi suelo,
sean tus
ojos la luz de mi faro,
porque a
tu misericordia apelo…
y a ti
encomiendo mi amparo.
—Surca el
océano confiado.
Siente mi
mano arropar tu figura.
Envuelta
en un halo tu barca patrulla
hacia la
costa segura donde tu fe te ha guiado.
Centinela
soy, escapulario de tu vida.
Amparo que
ha de llevarte salvo a la orilla
Ruego
alzado ante las inclemencias del temporal
Madre
incondicional, pues eres hijo amado
En mi
pecho anclado entre nardos y azucenas
navegan
sin descanso tus alegrías y penas.
—Madre fiel
y virginal,
caudal
de vida inagotable,
ni la
grandeza de los cinco océanos…
con tu
amor sería comparable.
En mi
alma llevo tatuado tu rostro femenino,
-timonel
que guía mi mástil y mis redes-
y en la
proa de mi barca llevo prendido
los más
excelsos haberes:
tu
bendito escapulario,
tu
nombre divino
y un
ancla que se aferra
al
suelo de tu altar marino.
—¡Madre
soy! Para velar tu vida
a tu barca
asida con vehemencia
ante el
fervor de tu fe complacida
pues a
Dios hallo en tu resistencia.
Virgen del
Carmen fui coronada,
Capitana
de los navíos,
tengo
poder para amansar las aguas;
poder que
el cielo me ha concedido.
En alta
mar mi altar se alza
con cada
uno de los ruegos
que las
poderosas olas me avanzan
hasta
hacerte llegar el sosiego
sosiego
que tu alma clama.
—Ya
has divisado la orilla,
y
en ella tu familia aguarda.
Tras
largos días de incertidumbre,
hoy
resplandecen sus caras.
Vuelvo
al mar, que es mi cielo;
cielo
que siempre te habrá de guardar.
Aun
siendo mi altar marinero
no
habrá de diferenciar
los
ruegos en tierra firme
de
aquéllos en alta mar.
porque
todos tienen un solo empeño,
Y
es… hacia Dios llegar.
¡Desde
la cima más alta
hasta
el piélago más inmenso,
estará
mi sentir de madre
amparando
tu Universo!
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